Zoom a: The Walking Dead. Temporada 2. Episodios 8 al 13. Final de temporada

Qué fácil es criticar a The Walking Dead. Me pregunto si la serie de Frank Darabont se librará algún día de la pesada losa que los espectadores endosaron a esta singular apuesta televisiva tras el impacto de su sobrecogedor piloto. Y no han sido aquellos que desde un principio apartaron la mirada ante un producto lejos de su gusto, de corte catastrofista y sin miedo a mostrar vísceras y unas cuantas cabezas putrefactas aplastadas de un golpe de culata o un pisotón certero.

Ha sido precisamente el sector más freak el que, bien porque los capítulos son mucho más edulcorados que el cómic en el que se inspira, algo perfectamente comprensible pese a la calidad e irreverencia del mismo, o simplemente porque no encuentran la dosis constante de acción y tiroteos que estaban esperando como si se tratase del último blockbuster del verano. Pues ciertamente, una serie de televisión ni se cuenta a través de un puñado de viñetas ni se puede concebir como una película de hora y media de entretenimiento sin complejos.

The Walking Dead no es ni Resident Evil ni El amanecer de los muertos, no la protagoniza una chica acrobática de ojos verdes ni un action killer capaz de acabar él solito con un ejército de muertos vivientes con una escopeta, un par de granadas y el mechero. Es la historia de un grupo de gente normal, con sus miedos, vicios y demonios personales buscando solo sobrevivir.

Porque esta segunda parte de la temporada va de eso, de permanecer con vida en lo que podría ser una especie de refugio, un Shangri-La en medio de la naturaleza en el que los males de un mundo destrozado e infectado no pueden penetrar, o al menos en dosis muy pequeñas y que pueden ser controladas con facilidad proporcionando una, a todas luces, falsa sensación de seguridad.

El fin de la búsqueda de la pequeña Sophia supuso un shock para los seguidores de la serie, que no aprendieron de los errores de los protagonistas y también optaron por cruzar los dedos en un mundo tan brutal que parece haber disipado toda esperanza. ¿O no? No, algunos no la han perdido del todo, pero sin embargo han cambiado y mucho. En los últimos seis capítulos la mentalidad de estos supervivientes se ha visto alterada, incluida la de su líder. Para seguir respirando ya no es suficiente con mantenerse unidos, en un mundo de monstruos hay que convertirse en uno de ellos para proteger a tus seres queridos, y es una lección que han aprendido a base de sangre (mucha), sudor y lágrimas.

Los principios morales y éticos que han sido la base del particular road trip de estos hombres y mujeres desde que dejaran atrás Atlanta han dejado de ser válidos. Ya no matan a caminantes simplemente para defenderse, lo hacen para liberar su angustia y su pesar por lo que han perdido en el camino. Cada muerte, cada sacrificio, duele menos que el anterior, pero aumenta el pesar de sus almas al ser conscientes de que con cada paso que dan están perdiendo un ápice de su humanidad.

En la granja del viejo Hershel y su familia estuvieron a punto de encontrar algo de paz, pero como dijo alguien una vez, el hombre es un lobo para el hombre, y definitivamente los zombies descerebrados que ahora habitan las ciudades no son el único peligro en ese mundo de horrores. Hablo en primera instancia del grupo de rufianes que campan a sus anchas cometiendo crimenes sin demasiado castigo por la inexistencia de la vieja autoridad. El primer contacto con dos de ellos, en un momento absolutamente memorable y de gran tensión, dejó claro a Rick que si pretenden permanecer a salvo deben procurarse un estado de hermetismo permanente. No pueden fiarse de nadie, no pueden delatarse, y si matar al prójimo es la única alternativa válida, habrá de hacerse limpiamente y si titubeos. Nadie dijo que ser líder fuese sencillo.

Menos todavía si tenemos en cuenta que Lori, manipuladora donde las haya, ha confesado que está embarazada sin tener muy claro quién es el padre y lo que el futuro les depara; que el pequeño Carl ha visto tantos horrores que empieza a ser más insensible que su propio y torturado padre; que a Daryl le corroe la culpa por los últimos acontecimientos y opta por aislarse de sus amigos y en especial de Carol, que ya es mera comparsa en la serie al igual que Theodore; que al bueno de Dale, siempre pendiente de la rectitud moral y la cohesión, la situación se le escapa de las manos; que Andrea tiene unas ganas locas de afiliarse a la Asociación del Rifle; y que Shane ha perdido completamente el control de sus actos y se comporta de forma más violenta que nunca chocando cada dos por tres con su mejor amigo que ya no lo es tanto.

En definitiva, cuando tienes manzanas podridas en tu propio tonel, las cosas sí que empiezan a ponerse feas. Es el germen del deterioro interno del grupo, en el que se han creado dos posturas enfrentadas focalizadas en dos de los mejores personajes de la serie y que curiosamente la próxima temporada no estarán con nosotros, por lo que veremos cómo se mantiene el interés. En cierto modo tenía que ser así, pues la situación entre ambos ya era insostenible.

Además, cuando la manada entera pierde la confianza y enseña sus dientes amenazando con disolverse, solo queda dejar las cosas claras, y me quedo con la última frase del policía en los instantes finales. Se acabó la democracia, quien quiera irse que sepa que va a morir solo y aquellos que opten por quedarse que lo tengan claro, aquí se hace lo que yo diga. Y punto en boca.

Antes de eso, merece la pena apuntar que hemos tenido tres capítulos absolutamente trepidantes, llenos de acción y tiroteos como un servidor no pensaba que vería en  esta serie. Han sido un ejemplo de lo bien que han sabido aprovechar el presupuesto de esta temporada, todo lo contrario de la anterior con ese comienzo carísimo que apenas dejó billetes para más, y de paso han tapado algunas bocas que calificaban a la serie de soporífera y a sus responsables de vendemotos.

Cierto es que hay aspectos que se pueden mejorar, como por ejemplo algunas actrices que al morir a manos de un zombie con cierto gusto por arrancar el cuello de los vivos de un mordisco siguen gritando como si estuvieran viendo un ratón, o algunas subtramas de lo más teen que no acaban de cuajar del todo pese a hacer que cojas un cariño especial a personajes como Glenn y su chica. Bueno, quizás sea parte de su encanto.

Quedamos a la espera de la tercera tanda, que debería incorporar nuevas caras y seguir la senda que se ha abierto durante los últimos meses. Hay esperanza, el crudo invierno. Hay escenario, o eso parece a juzgar por el fotograma final del episodio 13. Incluso hay un tipo muy desconcertante que me da en la nariz que hará las delicias de los amantes de lo freak y supondrá una de las grandes sorpresas que están por venir si para entonces a la aguerrida Andrea no le ha dado un patatús. ¿Quién da más?

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2 comentarios

  1. […] Ya lo dije hace unos meses, el dejar de corretear de un lado a otro y asentar la acción en una zona concreta es todo un acierto de cara a hacer guiones más sólidos. Ya dijimos adiós a la granja de Hershel para meternos de cabeza en una prisión donde los supervivientes han sabido protegerse de los caminantes que, cosas de la ficción, ya no son ni la mitad de temibles que otros monstruos que pueblan una tierra en la que la ley del más fuerte impera en toda su crudeza. […]

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