Stalker, retratos de una obsesión

Stalker

Hace tiempo que la investigación criminalística se convirtió en todo un subgénero de la ficción televisiva, dada la proliferación de series de corte policíaco que se han acumulado en los últimos años. Tal vez sea por el respaldo que ha mostrado la audiencia a este tipo de productos, que desarrollan cómodamente el esquema de episodio por caso sin exigir demasiado al espectador casual y resultan un excitante entretenimiento. O, por qué no decirlo, por lo asequible que resulta su producción para las cadenas, que les sacan el máximo partido temporada tras temporada.

Algunas, como las distintas geo-ramificaciones de CSI, explotan la vertiente procedimental de la resolución de los casos. Otras, como Mentes criminales, apuestan por ahondar en los perfiles psicológicos de los delincuentes.

Seguramente Stalker se acerque más a lo segundo, tomando un objeto de estudio dentro de este campo a priori menos manido como es el acoso en nuestra sociedad. Y es un punto de partida interesante, que explora una faceta realmente perturbadora del ser humano cuya cotidianidad, tal y como nos muestran desde el primer episodio, la convierte en algo aterrador.

De ahí que la serie gire en torno a un departamento de Los Angeles en el que dos detectives y su equipo investigan este tipo de denuncias para evaluar si existe o no la figura del acosador y, si es el caso, darle caza antes de que haga más daño. Para dar vida a los protagonistas, CBS ha optado por dos rostros conocidos de la pequeña pantalla estadounidense, Maggie Q (Nikita) como la obstinada Beth Davis y Dylan McDermott (American Horror Story) como el recién llegado Jack Larsen.

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La aproximación tan dispar de estos investigadores a su campo de trabajo es sin duda uno de los mayores atractivos de la serie. Si bien no tardaremos mucho en darnos cuenta de que ambos cuentan con amplios conocimientos en su disciplina, es en lo personal donde la escritura de sendos personajes puede marcar la diferencia. Ella, una mujer dura sobre el terreno que guarda las cicatrices de un pasado traumático al haber sido objeto de acoso; y él un agente sobradamente capacitado que fuera de la oficina hace gala de la misma tendencia que los sujetos a los que persigue observando secretamente a la familia de la que se ha distanciado.

Un enfoque, en definitiva, polarizado de estos dos individuos condenados a entenderse que tiene mucho que ofrecer al espectador, siempre y cuando Q y McDermott sepan crear la química indispensable para que la serie enganche. Y no nos referimos a esa tensión sexual un tanto forzada que presenciamos en el piloto, que si bien puede resultar inevitable ha de dosificarse convenientemente.

En cuanto a la producción, la serie no tiene nada que envidiar a la mayoría de sus competidores, y lo cierto es que se esfuerza por seguir una fórmula a estas alturas muy pulida en cuanto a forma. Si hay algo que debe cuidar a lo largo de su primera temporada es evitar caer en lo paródico de ciertas situaciones y desligar el concepto de acosador del de psycho killer, una mezcla con la que coquetean en el primer caso y que, aunque es comprensible para dotar de una mayor tensión a los episodios, también puede hacer que pierda su particularidad y convierta a Stalker en un clon de tantas otras propuestas.

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