8 tópicos por los que siempre recordaremos a El Equipo A

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Ya hace más de tres décadas que se estrenó en televisión de la mano de NBC una de las series que recordamos con más cariño de entre todas aquellas con las que crecimos: El Equipo A. En ella, durante cinco temporadas, vivimos las peripecias de un grupo de ex soldados siempre dispuestos a luchar por una adecuada gratificación siempre que la causa fuese buena. Ellos eran Hannibal Smith (George Peppard), M.A. Barracus (Mr.T), H.M. Loco Aullador Murdock (Dwight Schultz) y Templeton Peck (Dirk Benedict).

A continuación, vamos a hacer un repaso de aquellos aspectos que hicieron única a esta ficción caracterizándola de principio a fin.

Una cabecera como las que sólo se hacían en los 80

“En 1972 un comando compuesto por cuatro de los mejores hombres del ejército americano fueron encarcelados por un delito que no habían cometido. No tardaron en fugarse de la prisión en la que se encontraban recluidos. Hoy, buscados todavía por el gobierno, sobreviven como soldados de fortuna. Si tiene usted algún problema y se los encuentra quizás pueda contratarlos. El Equipo A”.

Es difícil no acordarse de estas líneas de texto acompañadas por una marcha militar y que finalizaban con el logo de la serie grabándose en la pantalla con un fondo rojo. Luego, con una sintonía de lo más pegadiza, se daba paso a una tira de imágenes en las que se presentaba a los protagonistas y se mostraba a todo color alguno de los puntos más representativos de la ficción, muchos de los cuales enumeraremos más adelante.

Escenas de acción, M.A. Barracus haciendo astillas una puerta de una patada, Hannibal lanzándose desde una posición elevada para caer encima de algún enemigo e incluso en alguna de sus actualizaciones a Fénix quedándose pensativo al cruzarse con un tipo vestido de Cylon, un claro guiño a la participación de su actor, Dirk Benedict, en la serie Battlestar Galactica.

 

 

Sólo había una cosa que le gustaba más a Hannibal que los puros

Y era que los planes salieran bien. Era, de hecho, su frase más característica y no se cansaba de repetirla son una sonrisa de oreja a oreja una vez cumplida la misión, normalmente con el suelo lleno de matones noqueados.

Los planes de Hannibal, líder en solitario de El Equipo A, eran trazados una vez se ponían manos a la obra con alguno de sus contratos aunque era frecuente que sufrieran modificaciones durante la operación cada vez que surgía un imprevisto. De hecho, la capacidad de improvisación del ex coronel era una de sus principales virtudes, aunque también se le podía tildar de temerario. Y eso se lo recordaba M.A. precisamente con otra de las frases habituales de la serie: “¡Hannibal, vas a hacer que nos maten!”. Pero eso nunca ocurrió.

Los “malos” elegían entre traje de Armani o camisa de cuadros

Dejando a un lado a los militares, los cuales siempre solían llegar tarde para capturar al comando o tenían relevancia en contados episodios, los enemigos a los que debía hacer frente El Equipo A venían de dos mundos bien diferenciados.

Por un lado estaban los chicos de ciudad, secuaces de tipos adinerados y negocios turbios que vestían inmaculados trajes grises, gafas ahumadas, lucían cardados típicos de los ochenta y podían provocar un accidente con los reflejos de sus cadenas y relojes de oro. A chulos no les ganaba nadie… o mejor dicho, casi nadie.

Por otro, estaban aquellos más habituados al campo. Cuando un ranchero codicioso o un empresario dispuesto a explotar a la gente honrada de las afueras llamaba “a sus muchachos”, un montón de tipos arremangados, con sombrero vaquero, corbata texana, camisa de cuadros y chaleco hacían acto de presencia para amenazar y extorsionar como buenos brutos que eran.

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Más fácil ver un coche volar que una persona caer de un disparo

El hecho de que en la serie no prescindieran de buenos tiroteos con armas automáticas no significa que allí muriera gente a diestro y siniestro. El Equipo A eran tan blanca que podían inventarse multitud de recursos con el que reducir a los villanos de turno sin necesidad de atravesarles el pecho de un disparo.

Las armas, utilizadas a menudo como elemento disuasorio, cedían gustosas el testigo a los puños de Hannibal y los suyos, especialistas tanto en encajar un buen puñetazo como en darlos. Así, las peleas finales solían acabar con una alfombra de cuerpos sin sentido.

A veces ayudaba tener a mano un par de buenas granadas, de esas que se veían venir y daban el tiempo suficiente antes de explotar para echar a correr y salir despedidos dejando alguna que otra magulladura de lo más conveniente.

Pero sin duda el clímax preferido de sus creadores era una buena persecución al volante. Ya fueran coches de lujo, jeeps del ejército o rancheras, no recordamos un capítulo de El Equipo A sin algún vehículo perdiendo el control y saltando por los aires para acabar volcado tras un tiro al neumático o rozar algún obstáculo de la carretera.

Las repeticiones del momento desde distintos ángulos eran un clásico, sí señor, tanto como aquellos planos de los coches con la cámara fija en la rueda para lograr esa sensación de velocidad y tensión en este tipo de secuencias.

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Un buen vaso de leche, la kryptonita del gruñón M.A.

El personaje interpretado por el mítico Mr. T era un tipo de difícil trato. Con su cara de pocos amigos, además de resultar amenazador para el enemigo solía quejarse constantemente de las ideas descabelladas de sus amigos y en especial de las locuras del bueno de Murdock, con el que había jurado no volver a subirse a un avión.

Pero como surcar los cielos era habitualmente el modo más rápido de desplazarse hasta su siguiente misión, el grupo debía aprovechar una de las grandes pasiones de M.A., entre las cuales contamos el cuidado de su furgoneta, su obsesión por rodear su cuello de un gran número de cadenas de oro y… un buen vaso de leche.

De este modo, y con la ayuda de un potente somnífero, Barracus acababa siempre montado en el aparato para luego, una vez habían aterrizado, despertar lanzando truenos y centellas. Todavía hoy nos sigue maravillando la capacidad de Hannibal Smith para buscar nuevas excusas para que su amigo se tomara la leche y para apaciguarle posteriormente. Suerte que M.A., en el fondo, siempre se rigió por la máxima de “Semper fidelis”.

Bricomanía para soldados de fortuna

El comando siempre sabía cómo sobreponerse a los reveses, ya fuera porque habían caído capturados o porque el enemigo había ganado un asalto con sus malas artes. Para ello, nada mejor que coger un soplete y una caja de buenas herramientas e inventar algo con lo que dejar al espectador boquiabierto.

A veces eran creaciones un tanto descabelladas, otras de lo más prácticas, y a veces nos enamoraban con cosas como una torreta móvil reforzada que salía del techo de un coche para repartir infinitas balas. Claro que también hay que decir que los “malos” solían pecar de ingenuos, ya que cuando apresaban al equipo, antes de ejecutarles, tenían la mala costumbre de encerrarles en graneros y almacenes llenos de materia prima para dar rienda suelta a sus ocurrencias.

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Enhorabuena, acaba usted de contratar a un lagarto gigante… perdón, a El Equipo A

Nunca supimos muy bien cómo la gente con problemas se ponía en contacto con ellos con relativa facilidad mientras que los militares eran incapaces de dar con su pista. ¿Es que el coronel Decker no miraba las páginas amarillas?

En todo caso, la cosa iba así. Cuando una bella jovencita o un amigable anciano querían contratar los servicios de El Equipo A para que pusieran fin a alguna injusticia que afectaba a su familia o negocio, debían citarse en un punto en el que acababan entablando conversación con algún extraño personaje, desde un jardinero con un bigotón postizo a un especialista embutido en un traje para una película. En realidad, se trataba del propio Hannibal Smith, todo un amante del disfraz, que valoraba si se trataba de una causa justa y si no había ninguna trampa de por medio.

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Una recurrente fuga en el psiquiátrico

Murdock, pese a su incontrolable verborrea y sus problemas mentales, era un miembro inestimable del equipo, tanto que antes de comenzar una misión sus compañeros se tomaban la pequeña molestia de sacarlo de la institución en la que estaba recluido.

El líder del equipo tenía innumerables tretas para engañar a los médicos, aunque sin duda su principal baza era Fénix, con una capacidad encomiable para seducir y embaucar a la enfermera de guardia que además, no tenía nada de fea. Total, todo para que en el siguiente capítulo volviese a estar encerrado.

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