De Negan, Ramsay Bolton o ¿por qué en televisión nos fascina la escoria de la tierra?

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Spoilers para aquellos que no hayan visto la última temporada de Juego de Tronos, Jessica Jones o no lleven al día The Walking Dead. Que no queremos que nadie saque a Lucille.

Creo que a nadie le sorprenderá si decimos por aquí que cada vez que uno pone las noticias parece que todo va todavía peor que la última vez que viste el informativo. Probablemente sea porque la humanidad parece condenada a caminar en espirales concéntricas hacia su propio intento de destrucción. Nada nuevo bajo el sol, por desgracia. Pero con semejante panorama uno podría pensar que correríamos a refugiarnos en un relato que nos permitiera olvidar que existe el mal en el mundo. Aunque sea sólo un rato. Pero lo cierto es que las ficciones se están volviendo cada vez más crudas, cada vez más terribles.


Hace tiempo que los showrunners tiñeron a sus héroes del tan socorrido color gris y mientras tanto a sus villanos… bueno, digamos que el gran antagonista de The Walking Dead comenzó siendo el Gobernador, -alguien que si bien estaba errado en sus métodos al menos lo hacía con la intención real de mantener a la gente a salvo – y ha terminado con Negan, un sádico que por lo que hemos visto de él disfruta completamente del hecho de tener poder e infundir terror y que ni baraja la remota idea de estar salvando a nadie de nada.

Mientras, en Poniente, los grandes malvados de Juego de Tronos eran Joffrey, un niñato sádico, y sobre todo Cersei Lannister, que al menos en aquellos tiempos tenía la suficiente humanidad como para querer a sus hijos. La cosa, de momento, ha terminado con la regente ( sin nada que perder y quemando medio lecho de pulgas porque ella lo vale, y con Ramsay Bolton, cuyo nivel de crueldad dejaba al de Joffrey en pañales, aterrorizando a medio Invernalia durante dos temporadas.


Y no lo vamos a negar. Pese a llorar con toda nuestra alma a las víctimas de Negan… en el fondo nos gusta. El estallido de violencia, la sangre salpicando en la pantalla y Jeffrey Dean Morgan sonriendo socarrón a la cámara. La mirada de terror de Theon- por aquel entonces despreciado por traicionar a Robb- , los ojos enajenados de Ramsay y, otra vez, la violencia. Killgrave sistemáticamente violando los cuerpos y las mentes de aquellos que tienen la desgracia de cruzarse en su camino. Y nosotros, los espectadores mirando sin perdernos detalle como atraídos a un agujero negro. ¿Significa esto que somos malas personas? ¿Hasta qué punto disfrutar no ya con la crueldad sino con el sadismo de la ficción es sano o comprensible? ¿Por qué nos gusta tanto verlo? Con estos personajes ya no tenemos la excusa de que lo hacen por su familia, u obligados por lo que les rodea. No hablamos de Tellers o Whites, personajes que fueron dibujados así por sus circunstancias. Hablamos del mal puro, sin razón. Personajes que quieren ver al mundo arder, como diría Alfred, o en el caso de Negan, de bailar sobre su tumba.

Esto de aplaudir en un personaje de serie de televisión o película esa transgresión de lo establecido desde el sillón de nuestra casa es lo que los guionistas Gonzalo Toledano y Nuria Verde denominan Efecto Soprano en su libro Cómo crear una serie de televisión (T&B Editores, 2007). “En la vida real, nos tenemos que enfrentar a numerosas injusticias y frustraciones, que nos provocan rabia y desesperación. Muchas veces vemos cómo las personas más rastreras y que menos se lo merecen medran. Por lo cual, es muy gratificante ver a Tony Soprano ajustar las cuentas con los canallas de esta vida […] Porque en una vida en la que no hay justicia y se aplasta al más débil, Tony [Soprano] en la ficción impone su justicia personal en situaciones cotidianas con las que todos nos sentimos identificados”, escriben.


Pero puede que exista una razón más. Una que conecta de otro modo con nuestro justiciero interior. Los monstruos nunca pagan en la vida real. Ver a estos personajes en un entorno que no fuera de ficción sería aterrador a tantos niveles distintos que sería difícil saber por dónde empezar a explicarlos. Porque además existirían demasiadas probabilidades de que salieran indemnes de todo. Así que mientras sentimos la satisfacción de descargar nuestra rabia sin dañar a nadie cuando Kilgrave obliga a alguien a tirarse desde una azotea, cuando Ramsay saca los perros a cazar a una pobre desgraciada o cuando Negan blande su bate  se convierten a la vez en nosotros y en el otro y tenemos otra corriente de regocijo más soterrada.

En la ficción Jessica Jones pondrá en su sitio a Killgrave, Sansa convertirá en alimento canino a Ramsay y hoy no, mañana tampoco, puede que no esta temporada, ni la siguiente… pero Rick matará a Negan y con él, matará todos los Negans de tu vida real. Aunque sólo sea por un instante.

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