Underworld: Guerras de Sangre, la danza agónica de los vampiros

Resulta muy complicado evitar que una saga como la de Underworld pierda frescura a medida que va acumulando más y más entregas a sus espaldas. Lograr semejante gesta requiere necesariamente contar con un equipo creativo de talento, dispuesto a asumir riesgos y sobre todo a reinventar una saga que no puede permitirse mirar al futuro repitiendo los mismos esquemas una y otra vez, por muy estimulantes que en su día fueran.

Es su clara apuesta por vivir de los éxitos del pasado en vez de intentar ofrecer ideas nuevas lo que trunca las aspiraciones de Underworld: Guerras de sangre, el enésimo intento de insuflar algo de vida a una franquicia en horas bajas y que jamás había contado con una producción tan tediosamente insípida como la que hoy nos atañe.

Bien es cierto que el abrupto desenlace de su antecesora no se lo puso nada fácil a la hora de dar continuidad a la lucha de Selene por sobrevivir en un mundo en el que ha dejado de ser la cazadora para convertirse en la presa. Repudiada por los vampiros, perseguida por los licántropos, con una hija recién descubierta y su amado Michael desaparecido, esperábamos fervientemente que este nuevo episodio arrojase algo de luz a esas incógnitas que llevaban años perturbando a los fans de una saga que no parece tener muy claro el camino que quiere tomar y que en definitiva ha querido hacer borrón y cuenta nueva con todo aquello que amenazaba con arruinar un guión que llegados a este punto se vuelve prácticamente inexistente.

Tal vez para disimular su indecisión a la hora de recuperar ciertos elementos icónicos de la producción y descartar otros, la película se esfuerza durante todo el metraje en crear lazos con los acontecimientos que marcaron las anteriores entregas, a veces de manera más o menos convincente y otras con evidente torpeza. La sucesión de flashbacks prácticamente durante todo el metraje no sólo es excesiva, sino que además interrumpe constantemente el ritmo de una cinta que no encuentra en sus escasas escenas de acción la motivación suficiente como para mantener el interés del espectador.

Tampoco su reparto es una baza que juegue en su favor. Kate Beckinsale parece haberse desprendido de todo el carisma de la guerrera a la que interpreta, mientras que otros como Theo Jones (Divergente) siguen sin encontrarlo por ninguna parte pese a haber ganado minutos en pantalla. Se aprecia, eso sí, la presencia de Charles Dance (Juego de Tronos) a la hora de imprimir algo de carácter y veteranía al plantel interpretativo, aunque ni mucho menos alcance el nivel que nos dejó Bill Nighy como Viktor en los anteriores filmes.

Ni siquiera Tobias Menzies (Outlander), que asume el papel del sanguinario líder de los licántropos, consigue sacar adelante un personaje de motivaciones un tanto pobres y que apenas da la impresión de tener algo que hacer o que decir. De hecho, palidece en comparación con la magnética presencia de Lara Pulver (Sherlock) en el rol de la vampira Semira cuya trascendencia se va diluyendo inexplicablemente en los compases finales de la película, una conclusión marcada por un último giro que se antoja como crucial para el devenir de este universo pero que tampoco parece merecer una explicación.

Pese a todo, es en el deterioro de su apartado artístico donde quizás encontremos la mayor de las decepciones que nos aguardan en Underworld: Guerras de sangre. El hecho de que haya perdido gran parte de la fascinación que suscitaba su estética tecno-gótica –mejor no incidir sobre el forzado cambio de look de Selene en los últimos compases- es mucho menos excusable que la falta de inspiración a nivel narrativo y de realización, donde también existen algunos problemas perceptibles en el montaje del filme.

Nos entristece decirlo pero sí, la saga se desangra y sólo los incondicionales seguirán bebiendo de ella, tal vez con la esperanza de que algún día goce de un verdadero reinicio que recupere aquello que nos hizo fijarnos en ese cruento ballet ejecutado a base de trajes de cuero y balas de plata cuya extravagante condición entre la serie B y la cult movie lo convirtieron en un referente de su clase.

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