Black Sails arría las velas dejándonos sus últimos destellos

Es evidente que los que cantaban aquello de “la vida pirata es la vida mejor” todavía no habían visto Black Sails. Durante las cuatro temporadas de las que ha constado la serie de Starz hemos visto cómo sus responsables se esforzaban en desprenderse de buena parte de la concepción romántica asociada a una profesión que a menudo ha sido trivializada en el cine y la televisión, desde los tiempos de Errol Flynn a los de Jack Sparrow, en pos de esos relatos de aventuras muy del gusto del gran público y que pasaban por alto aspectos tan ásperos como la brutalidad o la decadencia de un mundo oscuro, sucio y en cierto modo también excitante.

Podemos imaginar la decepción de todos esos espectadores que en su día esperaban hallar en Black Sails la sucesora espiritual de Spartacus, otra de las producciones estrella de la cadena, teniendo en cuenta que las pretensiones de estas ficciones difieren notablemente. De hecho, resulta imposible no ver la influencia que la todopoderosa Juego de Tronos ha tenido en una serie que desde un principio se ha aferrado a una fórmula en la que las miradas suspicaces, los intereses ocultos, los pasados turbios y las frágiles alianzas constituían esa tela de araña que envolvía a la colonia de Nassau y a todos los que eran atraídos por el influjo del enclave.

La propuesta, aunque atractiva, no siempre estuvo bien ejecutada, de ahí que su trayectoria en la pequeña pantalla haya sido cuanto menos irregular. A su favor diremos que tras el estrepitoso naufragio que supuso su primera temporada, la ficción consiguió emerger y consolidarse una vez superó su ecuador. Cuando los piratas comenzaron a parecer piratas, cuando las tramas empezaron a clarificar su rumbo y cuando muchos de los personajes forjaron su propio carácter fue cuando Black Sails ganó en interés.

Su conclusión, en forma de capítulo de algo más de una hora, es un fiel reflejo de lo mejor y de lo peor de esta serie. Que hayamos echado en falta un mayor sentido del espectáculo no es algo nuevo, en ese sentido a pesar de que a nivel de producción la serie cuenta con muchas virtudes y que la cuarta temporada nos ha dejado unas localizaciones extraordinarias, nuestra sensación es que el duelo final entre los últimos reductos de la coalición pirata y los hombres del gobernador debería haber sido más memorable o al menos equipararse al despliegue realizado hace un año a la hora de representar la dura batalla en la isla de los esclavos y la defensa de la playa por Flint y sus hombres.

Aunque la contienda cierra de manera algo abrupta algunas de las principales tramas, una vez disipado el humo el episodio decide devolverle el peso a la narración y tomarse su tiempo para poner el punto y final a la historia haciendo hincapié en el destino de todos y cada uno de los personajes que nos han acompañado durante esta travesía.

Finalizada la guerra, algunos como Max, Anne o Rackham por fin encuentran su sitio en Nassau asumiendo el rol para el que habían nacido, ya sea al timón de un barco alimentando su propia leyenda o dirigiendo el lugar desde un discreto segundo plano. Todavía más satisfactoria resulta la derrota de Rogers, pues de entre todos los piratas que participaron en la batalla sólo a alguien como Rackham se le hubiera ocurrido que la vergüenza significaba una tortura mucho más eficaz para este villano que desgarrar su cuerpo pasándolo bajo el casco del barco.

El desenlace de la disputa entre Long John Silver y Flint, por el contrario, sí da para debate. El pacto que el primero lleva a cabo para acabar con las hostilidades no sólo puede traducirse en una traición para el que fuera su amigo de armas y para Madi, sino también al sacrificio de los mártires de la causa como Vane. Aunque su afrenta queda mitigada por el supuesto perdón de su amada y el milagroso reencuentro de Flint con Thomas, no todo el mundo estará contento con el devenir de los acontecimientos y la pérdida de esos ideales que hasta el momento habían sido el combustible de una rebelión cuya trascendencia queda en tela de juicio.

Porque al final no fueron ni el fuego de los cañones ni la sangre de los corsarios los que causaron la caída de Nassau tal y como la conocimos. Fue la inevitabilidad del paso del tiempo, la llegada de ese progreso imparable al que el capitán Flint se opuso desde su llegada lo que finalmente acabó por fagocitar una forma de vida en la que hombres como él ya no tenían cabida. ¿O sí? ¿No son estos monstruos un mal tolerable –y necesario- para mantener en pie una civilización cuya fuerza capitalista no necesita afilar la hoja de un sable para ejercer su gobierno?

Black Sails nos deja con esta reflexión, la cual en cierto modo está alineada con el espíritu de una serie que ha querido ser algo más que una mera precuela de La Isla del Tesoro por mucho partido que sacaran a esta premisa durante la promoción inicial. De hecho, es al final cuando sus guionistas hacen una última intentona por crear lazos con el relato de Stevenson, de manera más o menos efectiva. Habrá algunos puristas a los que no les acaben de encajar todas las piezas, aunque es probable que fuera a ellos a quien Long John Silver dirigiese las palabras del epílogo, esas que recordaban que la historia no siempre sucede del mismo modo en el que acaba reflejada en las novelas.

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