Danny Rand será Iron Fist pero no Steven Segal

Teníamos ganas de conocer al que estaba llamado a ser el cuarto fichaje para los flamantes Defensores de Marvel. De hecho, muchos esperábamos que este disciplinado guerrero se convirtiese en otro de los “tapados” de la factoría tras la exitosa presentación de Jessica Jones, personaje llevado a la pequeña pantalla de manera brillante a pesar de que estaba lejos de ser tan conocido por el gran público como Daredevil.

Vista la primera temporada de Iron Fist, y sin ser ese rotundo descalabro que muchos apuntaban en un principio, resulta evidente que la serie se encuentra un peldaño por debajo del resto de las producciones de Netflix. O dos, si me apuráis.

Bien es cierto que queda esa sensación de que muchos de los errores que se han cometido vinculados a la trama son mucho más perdonables que aquellos que apuntan directamente a la caracterización de su protagonista, que se muestra en todo momento muy inestable a nivel emocional y del que echamos en falta una personalidad más marcada.

Desde el primer episodio Danny Rand se deleita jugando con fuego, o lo que es lo mismo, amenazando por acabar con la paciencia del espectador. La imprudencia implícita en cada una de sus decisiones y la carencia de un plan que lo encamine a la consecución de sus objetivos resultan a menudo frustrantes, casi tanto como la aleatoriedad con la que afronta cada uno de los combates.

¿Cuál es el verdadero estilo de combate de Iron First? Si, sabemos que es un maestro del kung-fu, que clava todas y cada una de las poses que exige esta disciplina y que de vez en cuando consigue concentrar su chi hasta hacer que el puño se le ilumine cual farolillo andaluz. Aun así, seguimos preguntándonos qué es lo que realmente define su forma de pelear.

Daredevil era un acróbata capaz de golpear desde cualquier posición y zafarse de cada nueva embestida de su rival con sus reflejos sobrehumanos, lo cual eso sí no impedía que volviese a casa lleno de magulladuras. Luke Cage era puro músculo, un tanque capaz de derribar paredes o envolver a sus rivales retorciendo la puerta de un coche como si nada. Jessica Jones… bien, la gracia de Jessica era precisamente que no tenía un estilo propio, era una chica que pegaba extraordinariamente duro de la misma manera que lo haría cualquiera que se viera envuelto en una reyerta en un bar.

Creímos descubrir la clave de las escenas de acción de Danny en su primera disputa en el hall de su edificio de oficinas, cuando dejó en el suelo a un buen puñado de guardias de seguridad esquivando cada uno de sus golpes con gran naturalidad y reduciéndolos con todo un repertorio de llaves de lo más efectivas. Sin embargo, toda esa técnica se vería empañada más adelante en otras escenas mucho más casuales, en las que era inmovilizado por unos simples asistentes en el hospital psiquiátrico o cuando combatientes a priori mucho más inexpertos le ponían en serias dificultades, pillándole desprevenido y haciéndole sangrar.

Esta incongruencia a medio camino entre la excelencia y la vulgaridad ha sido uno de mis principales temas de debate a lo largo de los 13 capítulos de los que ha constado la temporada, y tras mucho meditar he llegado a la conclusión de que tal vez todo se resuma en el simple hecho de que Danny Rand podrá ser el poderoso Iron Fist, el protector de K’un Lun, pero lo que nunca será es Steven Segal.

Dicen las malas lenguas que al bueno de Steven Segal una vez llegaron a rozarle la cara en una pelea, que incluso le hicieron una heridita en el labio que bien podría haber sido un descuido con la hoja de afeitar. Pero no, nunca fue probado. A este señor no le hacía falta despegar los pies del suelo para asestar dos buenos tortazos a su oponente, uno en cada lado de la cara. Y si se ponía muy plasta, con un toque preciso en mitad de la nuez, dejarle en el suelo y con los ojos en blanco.

Steven compartía el gusto del joven Rand por lo oriental y la costumbre de pelear desplegando una suave coreografía propia de un bailarín y que desembocaba en contraataques rápidos como el mordisco de una cobra, impidiendo que los rivales le tocaran y aprovechando el momento justo para retorcerles el brazo y noquearlos. Sin embargo, la contundencia del primero a la hora de poner punto y final al combate no tenía parangón, llámenlo “mala leche contenida” o como quieran, pero lo cierto es que con ella fue capaz de liberar él solito un portaaviones y llegar al centro de mando sólo para zurrar a Tommy Lee Jones, sacarle un ojo con un dedo, clavarle un cuchillo de combate en la sesera y por si todavía quedara alguna duda de que el villano estaba acabado estamparle la cabeza contra una de las consolas que controlaban el barco.

Puede que hoy en día, en el año 2017, fuese una temeridad poner como protagonista de una serie de estas características a un tipo que durante toda su carrera no fue capaz de mover un solo músculo de la cara por muchas clases de interpretación que tomara, sin embargo de alguna manera echamos de menos el carisma de tipos como Segal, tan llenos de confianza y decisión que era imposible restar mérito a sus hazañas.

Y no es que sus personajes fueran maestros estrategas, ni que tuvieran un plan perfectamente definido desde el principio de la película. Solían ser tipos a los que el problema les estallaba en la cara, meros cocineros a los que unos terroristas pendencieros les escupían en el guiso para la cena o especialistas en extinción de incendios a los que un magnate del petróleo tocaba las narices amenazando con arruinar el medio ambiente.

Cuando debían improvisar, improvisaban, pero de manera categórica, con acciones dirigidas a conseguir resultados como dirían en el mundo de los negocios. Da igual que le atacaran por la espalda, o que fueran muchos y él estuviese sólo. Si Rand pasó 15 años en un monasterio aprendiendo a pelear, Segal estuvo 30 más cultivando esa chulería tan suya para convertirse en el héroe inalterable cuyas películas siempre tuvieron muy claro el secreto de su éxito, su protagonista.

No, Danny Rand no tiene que convertirse necesariamente en Steven Segal, pero tal vez debería poner en claro sus ideas, olvidarse de los rizos y dejarse un poquito de coleta, no sea que en unos meses Jessica y Luke se lo acaben comiendo con patatas.

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