La Guerra del Planeta de los Simios, al César lo que es del César

Es la amarga experiencia la que nos hace mirar con recelo el resurgir de los grandes clásicos de antaño. Ante el estiaje creativo que para muchos lleva años pasando factura a la industria del cine, son muchos los estudios que desempolvan con avidez los derechos de sus viejas glorias buscando en modo de reconvertirlas en grandes producciones que consigan arrasar en las taquillas de todo el mundo con esa eficaz mixtura de nostalgia y curiosidad.

No son muchas las que consiguen dignificar la obra original, ni siquiera lograr un aporte innovador a un concepto que simplemente suele ser exaltado a base de todo un despliegue de medios y de efectos especiales que hace años hubiese sido simplemente inconcebible. Por supuesto siempre hay excepciones, reboots en los que el proceso creativo va de la mano de un guión bien elaborado y certero, donde el sentido del espectáculo no empaña las pretensiones de una historia que, conozcamos o no el final, abre nuevos caminos y enriquece un universo tan imposible como fascinante.

La Guerra del Planeta de los Simios pone un excelso punto y final a una de las trilogías más sólidas y reconfortantes de la última década. Tal vez no sea el filme con el ritmo más equilibrado de la saga, ni el más sorprendente, pero sí el más oscuro, épico y relevante. César, un líder con connotaciones mesiánicas, acapara todo el protagonismo de un relato que oscila entre el western y el drama carcelario en el que hay espacio para la crítica social y la reflexión catártica de la naturaleza humana. Él será el encargado de guiar a sus huestes hacia un nuevo amanecer con permiso de su enemigo más feroz, un coronel cegado por su fanatismo y cuya sed de venganza conducirá a ambos bandos a una batalla por la supervivencia.

El demoledor mensaje sobre la violencia y la coexistencia contenido la cinta de Matt Reeves se refuerza constantemente por la contundencia visual del conjunto y por su excelente acabado digital, demostrando que el trabajo de Weta –la compañía creada por Peter Jackson con la que trabajó en las películas de El Señor de los Anillos– no tiene parangón en Hollywood. Tampoco lo tiene la pasión que Andy Serkis insufla a todas las escenas de su personaje, logrando que César se muestre profundo y verosímil en todo momento.

Su odisea ha acabado de la mejor manera posible, con un blockbuster inteligente, de gran carga emocional y que resulta memorable más allá de esos guiños y referencias que se han incluido con moderación en pos de crear cierta sensación de continuidad con el resto de la saga. Un tributo que no resta personalidad a una producción que junto a sus predecesoras ya ocupa un lugar destacado dentro de la ciencia ficción.

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